Artículos académicos, de opinión, foros y múltiples espacios de reflexión han sido dedicados a entender los efectos de la pandemia por covid-19 en la educación. El cierre generalizado de las escuelas alrededor del mundo puso de cabeza a los Ministerios de Educación, a los hogares y, por supuesto, la vida de niños y niñas que perdieron un espacio privilegiado de socialización y su rutina formativa.

En El Salvador, el sistema educativo público y privado respondió al desafío con diversos instrumentos que incluyeron aumentar el uso de la conexión virtual, franjas educativas por radio o televisión, formación acelerada a los docentes para que pudieran transformar su forma de llevar la educación a los niños y niñas. Aún no hay un balance certero de la eficacia de estas estrategias en términos de aprendizaje de la niñez, pero cada vez es más obvio que la experiencia no ha sido equitativa: ¿qué ha pasado en los hogares vulnerables?, ¿cómo hacen los padres sin educación o con educación limitada para organizar una jornada pedagógica?, ¿es posible aprender desde un teléfono celular? ¿es sostenible gastar $1 cada vez que necesitamos tener acceso a las tareas?

Todavía hay muchas preguntas sin respuesta, pero después de más de cuatro meses con las escuelas cerradas a nivel nacional, en el centro de investigación que coordino hemos considerado fundamental preguntar a los niños y niñas cómo ha sido esta experiencia para la que nadie estaba preparado. Particularmente, me interesaba escuchar la voz de la niñez que vive en condiciones de vulnerabilidad o pobreza, para los que la quimérica “continuidad educativa” ha requerido superar grandes desafíos: la falta de conectividad, la falta de recursos pedagógicos, la falta de condiciones físicas para el aprendizaje y la falta de apoyo de los adultos del hogar, entre otras.

A través de entrevistas a profundidad a niños y niñas en las edades entre 9-12 años, construimos un diccionario que captura con sus palabras la realidad vivida. Cada palabra definida proyecta las vivencias de estos pequeños, vivencias que deberían ser el foco de la política pública no solo la educativa sino la de salud y la economía. Algunas de las vivencias que recogimos son las siguientes.

Diccionario de pandemia, elaborado por la Fundación para la Educación Superior (FES).

El coronavirus es sinónimo de miedo y de peligro. Todos reconocen el vocablo que antes probablemente no era parte de su léxico. Entienden que el país y el mundo están en una situación de crisis que lo ha cambiado todo para mal, trayendo a sus vidas “el peligro” y “el alcohol gel”.

La escuela es un espacio de juegos y de amigos y, por ende, se extraña. Ahora, entre cuatro paredes y muy poco espacio para jugar o correr, la escuela se recuerda y se añora. En la escuela se aprende, no así en casa pues en esta última faltan los recursos como el internet, el computador, los plumones y los libros…todo eso, se quedó en la escuela junto a la maestra.

Las tareas siguen sin ser agradables: “hay que hacerlas” y “son trabajo extra” que requiere de insumos que no siempre se tienen a la mano. Poco o nada se aprende con ellas. Y es que el sistema educativo salvadoreño tenía deudas con el aprendizaje de la niñez antes de la pandemia y eso se ha exacerbado.

La familia es amor y algo bueno de esta época de confinamiento, al menos para los niños y niñas que conocimos. La pandemia y la cuarentena son también más tiempo con sus padres. Estos padres, informales, jornaleros y temporeros han perdido sus trabajos y hacen malabares para sobrevivir. Pero a pesar de ellos, sus hijos agradecen el tiempo juntos.  Esta no es realidad para toda la niñez, las estadísticas hablan del aumento en la violencia intrafamiliar de la que muchos niños son víctimas.

El futuro siempre ha sido esquivo y difícil de proyectar para los más vulnerables, “eso que no sé” definir o describir. Ahora se vuelve un deseo concreto: volver a la escuela, recuperar algo de la normalidad perdida. Para otros incluso es volver a tener una casa…porque en medio de la pandemia también llegó la tormenta Amanda que dejó sin techo a muchos niños y niñas.

Ciertamente vivimos una época de miedos e incertidumbres para todos. Es responsabilidad de los adultos no olvidar que hay niños y niñas también padeciendo, y muchos de ellos en condiciones de vulnerabilidad y pobreza extremas, sin seguridades o contención. Los hacedores de política son responsables de poner a la primera infancia al centro de las prioridades en momentos en donde es fundamental construirles un presente, pues son nuestro futuro.

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