El 2020 llegó a su fin y es casi imposible no suspirar de alivio pues, aunque la pandemia no acaba y los retos del 2021 son enormes, el corazón necesita cerrar este capítulo de incertidumbre y transitar a la “nueva normalidad”. Para el sistema educativo salvadoreño, esta nueva normalidad supone hacer frente a múltiples desafíos que requieren de golpes de timón decididos, voluntad política y cohesión social. Superar estos desafíos es mi deseo para el sistema educativo en este nuevo año.

Regresar a las aulas con seguridad es un reto que debe asumirse y trabajar por reabrir las escuelas y colegios. Cientos de países ya han encontrado la manera de regresar su espacio escolar a la niñez, de manera responsable y siguiendo criterios técnicos de bioseguridad. La evidencia recabada muestra que las escuelas no son los focos de contagio que se auguraba y que la niñez y la juventud son más responsables que los adultos en seguir los protocolos. La decisión no tiene por qué ser absoluta: abrir o mantener cerradas las escuelas. La decisión puede tomarse municipio por municipio, escuela por escuela, aula por aula, hasta que el espacio escolar vuelva a ser habitado por los niños y niñas que lo reclaman.

Medir y recuperar los aprendizajes por medio de mecanismos que permitan establecer el desarrollo de las habilidades y competencias del alumnado e iniciar un proceso de cierre de brechas, independientemente del formato (presencial o virtual) en que sirva la educación en el 2021. Existe evidencia de importantes rezagos, particularmente en el desarrollo de habilidades en la primera infancia y el afianzamiento de competencias básicas de lectura y escritura. El Salvador no será la excepción y el sistema debe organizarse para proveer a la escuela de instrumentos para diagnosticar y enfrentar estas falencias que amenazan con fomentar la deserción entre los grupos más desprovistos: niñez rural, niñas adolescentes y niñez en contextos desfavorecidos.

Fortalecer las capacidades docentes para asumir un entorno híbrido o de enseñanza mixta. Esta tarea puede ser compleja con un cuerpo docente que tiene falencias de contenido y pedagógicas evidenciadas desde antes de la pandemia en las condiciones tradicionales de enseñanza. Durante el confinamiento se han atendido necesidades urgentes e inmediatas de formación para enfrentar la emergencia de la virtualidad, pero ahora es fundamental trascender y profundizar en herramientas de planificación y pedagogía en los nuevos entornos, sin dejar de fortalecer los conocimientos curriculares de los docentes.

Por todo lo anterior, es importante capitalizar lo aprendido durante el período de cierre de escuelas, al menos en tres temas clave. El primero tiene que ver con que la adaptación de la currícula que se dio debido a la emergencia y que nos deja claro que hay muchos temas que no son los prioritarios.  Superado el primer año de escuelas confinadas, es necesario que el currículum tenga claros estándares de aprendizaje para cada ciclo y nivel, así como que se despoje de contenidos innecesarios para dar espacio al pensamiento crítico, la lectura, la escritura y la experimentación.  

El segundo tema tiene que ver con asumir las condiciones socioeconómicas desiguales como oportunidades desiguales de aprendizaje. Esta premisa, aunque sustentada en evidencia, no había sido asumida por el sistema educativo hasta la crisis por covid-19. El sistema ha tenido que enfrentar la pobreza y la vulnerabilidad traducidas en bajas capacidades de las familias para apoyar a sus hijos, falta de recursos de trabajo en los hogares y la limitada o nula conectividad.

El tercer y último tema es la obligación de mantener y fortalecer el vínculo creado con las familias durante la emergencia. Como pudieron y según sus capacidades, los y las docentes encontraron la manera de llegar a las familias: por Whatsapp, por teléfono o puerta a puerta. Unas maneras de conectar funcionaron, otras no tanto, pero es un esfuerzo que debe profundizarse e institucionalizarse, porque la educación es tarea de la comunidad educativa y no solo de la escuela.

Finalmente, espero que los logros y aciertos de la etapa de emergencia no cieguen a nadie tras el velo triunfalista de la tarea cumplida y esto impida asumir los nuevos retos mencionados y las deudas estructurales.  Quizás, solo quizás, la manera de evitar que lo anterior suceda sea preguntar a los niños y niñas qué esperan de la escuela al volver y escucharlos con atención. Seguramente nos hablarán de espacios verdes para jugar, aulas iluminadas para aprender, de agua potable y de baños limpios, libros y materiales en sus aulas de clase, de docentes amables y que enseñan con cariño e inspiración y… quién sabe de qué más.

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